La voz en la comunicación y su influencia

La voz es el instrumento por excelencia de la comunicación. Es la encargada de definir nuestra personalidad, determinar nuestras intenciones o hacer notar nuestro estado de ánimo. Podría decirse que la voz es nuestra máxima expresión. Por ello cobra tanta relevancia y representa el factor más importante en el acto comunicativo. Es fundamental usarla de manera consciente y a favor de los objetivos que queramos lograr en esa intervención.

Sin embargo, el empleo de la voz como elemento de influencia, impacto y poder, no se  enseña en la mayoría de escuelas ni se nos acostumbra desde niños a hacer frente a situaciones donde hay que hablar en público. Es por ello por lo que las abordamos con miedo, nerviosismo o inseguridad.

Y nada está más lejos de lo que debería ser el momento de exponer una idea ante una multitud. Pues el sentimiento debería ser de poder, seguridad y confianza.
Haciendo un pequeño análisis de la situación, todos los individuos que se encuentran frente a ti, esperan que emitas un mensaje, el que sea, pero toda la atención se centra en tu persona. Así que, ¿por qué no? Es tu momento de brillar, de impactar, de influenciar o empoderar.

Y ahora te estarás preguntando cómo se consigue todo esto, si con solo imaginarlo te tiemblan las piernas. Pues bien, esto es posible solamente con el sonido de tu voz. Estoy segura y confío en que todas las personas, incluso las más tímidas, pueden hacerse con el control de la situación y dominar el arte de hablar.

Por ello, a continuación, te doy unas indicaciones clave para entender la importancia que tiene nuestra voz y el uso que le damos en cualquier interacción social.

La voz en comunicación, entonación e intencionalidad

El primer aspecto a destacar es la intencionalidad de la voz. Es la que nos permite entonar cada palabra, cada frase o incluso marcar cada silencio según cuáles sean nuestros objetivos. Por ello, aquí es donde podemos hacer uso de la ya sonada frase: “no es lo que se dice, sino cómo se dice”.

Todo depende de la intención con la que hablemos y expresemos nuestro mensaje. Y esto, dependerá a su vez, de los objetivos que persigamos en la exposición del discurso.
Además, la entonación que usemos en cada frase, nos servirá también para indicar a la audiencia cuáles son los puntos más importantes del discurso o dónde pueden interactuar o aplaudir.

Esto es muy usado sobre todo en mítines políticos, donde según la entonación del hablante,
el público actúa de una manera u otra. Del mismo modo, el tono de nuestra voz delata nuestros objetivos.

Haciendo un buen uso de este, podemos jugar con él y elegir en cada acto comunicativo el que más se adapte a cada finalidad.

Así, si nuestro principal objetivo es ser determinante, dar una orden o transmitir seriedad e importancia, emplearemos una tonalidad más grave en nuestra voz. Pero si por el contrario, buscamos una mayor calidez y acercamiento, hablaremos en un tono más agudo y alto. A esto va muy ligada la emocionalidad.

La voz nos permite expresar nuestras emociones a través de la diferente entonación de las palabras

Y es que no saludaremos a nuestro compañero de trabajo de la misma forma los días que nos hayamos despertado con el pie izquierdo, que cuando nos sintamos felices y contentos.

Pero es que además, las personas tenemos la capacidad de camuflar nuestras emociones innatas y directas y de darle la intención y la emocionalidad que consideremos más adecuadas a nuestro discurso, teniendo en cuenta siempre los objetivos que nos hayamos marcado.

Todo ello se consigue mediante el autocontrol, haciendo un buen uso de la respiración y del tono y siendo conscientes de la intención de las palabras.

Por otro lado, mediante el empleo del volumen de la voz podremos atraer la atención de la audiencia y mantenerla a lo largo de todo el discurso. Esto se conseguirá jugando con diferentes volúmenes de manera natural y fluida a lo largo de todo el mensaje.

Conseguiremos así captar el interés y resaltar los puntos más importantes e impactantes. Otro factor a tener en cuenta, es que con el sonido de nuestra voz podemos marcar el ritmo de todo el discurso.

Tenemos la opción de expresarnos de manera más pausada o lenta, siempre estando atentos de no cansar, aburrir o perder el interés de la audiencia.

El sonido de la voz y el ritmo del discurso

Por otro lado, con un ritmo más rápido podremos dinamizar el discurso y transmitirlo de una manera más directa. Así, se podrá captar la atención de las personas más jóvenes que buscan una información rápida e inmediata que no les haga perder demasiado tiempo. El empleo de un ritmo u otro dependerá del tipo de mensaje, de su intención, de los objetivos y de la audiencia a la que esté dedicado.

Por último, serán muy importantes los silencios y las pausas en el transcurso de toda la comunicación. Con ellos indicaremos al público cuáles son los puntos importantes, resaltándolos mediante el empleo de pausas. Así también permitiremos que la audiencia comprenda mejor el mensaje, dejándoles segundos para procesarlo y emitir un juicio.

Con todo esto se conseguirá atraer la atención y mantener el interés del público. Todo ello, con un único instrumento, la voz y el sonido que le llega al receptor.

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