Bruno Cardeñosa

Director "La rosa de los vientos" - Ondacero

Bruno Cardeñosa

Aprendí muchas cosas con Marta Pinillos, pero sobre todo a una: a querer mi voz. Seguramente, llegué a ella con problemas técnicos enormes, pero también con otras taras que ella también detectó. Porque en asuntos de voz, todos tenemos que mejorar en muchas cosas. Es un campo en el que el final no existe y ella te enseña eso: siempre se puede crecer. Las redes sociales tienen la ventaja de acercarte a la gente, pero el inconveniente de alejarte mucho de ti mismo. Las cosas malas que te dicen, que pese a todo siempre son mucho menores que las buenas, se te clavan dentro y no hay forma de atajarlas salvo que tengo la ayuda necesaria. Y ella lo fue. Cuando ella me dijo “te doy el alta” me sentí desamparado, jamás olvidaré ese momento, pero me demostró una honestidad sin límite. Ella me curó, y me había enseñado a respirar, habia logrado identificar mis errores, me corrigió lo que pudo y lo que no me dejaba (eso es mucho), a saber una la voz como una música que puede y deber llegar al corazón de la gente, a cómo entonar y expresarme con ella, a llamar la atención, a saber dónde estaba lo importante en ella, a utilizar las pausas y las inflexiones… Y sobre todo a confiar en mi “herramienta”, esa que cada uno tiene y que, no es que sea buena o mala, es la que uno tiene y la que debe explotar. Cuando comunicas, es importante lo que dices, pero no hay que olvidar cómo lo dices. Y ahí entró ella, para mejorarme.

Aprendí muchas cosas con Marta Pinillos, pero sobre todo a una: a querer mi voz. Seguramente, llegué a ella con problemas técnicos enormes, pero también con otras taras que ella también detectó. Porque en asuntos de voz, todos tenemos que mejorar en muchas cosas. Es un campo en el que el final no existe y ella te enseña eso: siempre se puede crecer. Las redes sociales tienen la ventaja de acercarte a la gente, pero el inconveniente de alejarte mucho de ti mismo. Las cosas malas que te dicen, que pese a todo siempre son mucho menores que las buenas, se te clavan dentro y no hay forma de atajarlas salvo que tengo la ayuda necesaria. Y ella lo fue. Cuando ella me dijo “te doy el alta” me sentí desamparado, jamás olvidaré ese momento, pero me demostró una honestidad sin límite. Ella me curó, y me había enseñado a respirar, habia logrado identificar mis errores, me corrigió lo que pudo y lo que no me dejaba (eso es mucho), a saber una la voz como una música que puede y deber llegar al corazón de la gente, a cómo entonar y expresarme con ella, a llamar la atención, a saber dónde estaba lo importante en ella, a utilizar las pausas y las inflexiones… Y sobre todo a confiar en mi “herramienta”, esa que cada uno tiene y que, no es que sea buena o mala, es la que uno tiene y la que debe explotar. Cuando comunicas, es importante lo que dices, pero no hay que olvidar cómo lo dices. Y ahí entró ella, para mejorarme.

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